Partido y Autonomía
Repensando el ¿Qué Hacer?
Agustín Franchella, Corriente Praxis en el MST
“En el año 1917 Rusia estaba pasando por la mayor crisis social. Sin embargo, puede decirse con certeza, sobre la base de todas las lecciones de la historia, que de no haber existido el partido bolchevique, la inconmensurable energía revolucionaria de las masas habría sido estérilmente gastada en explosiones esporádicas y los grandes levantamientos hubieran acabado en la más severa de las dictaduras contrarrevolucionarias. La lucha de clases es el primer motor de la historia. Necesita un programa correcto, un partido firme, una dirección valiente y digna de confianza -no héroes de salón y de frases parlamentarias, sino revolucionarios listos para ir hasta el final. Esta es la mayor lección de la Revolución de Octubre.”
León Trotsky, 1935, Prólogo de Lecciones de Octubre
Un debate que se recrea
En el siglo XX se ha desarrollado una continua polémica en torno a la teoría socialista, la política, el partido revolucionario y su relación con el movimiento espontáneo de las masas. Desde recién comenzado dicho siglo con el debate originado en el II Congreso del POSDR y el Qué Hacer de Lenin de 1902, la discusión de éste con Trotsky y Rosa Luxemburgo, pasando por la revalorización del leninismo pensada por Gramsci en la cárcel luego de su experiencia en los Consejos Turinenses, los escritos de Lukacs, el surgimiento del Marxismo Humanista en Francia y Europa central, mientras que luego de la caída del Muro de Berlín y la fragmentación de la acción política anticapitalista en una pluralidad de “resistencias” atomizadas frente a la globalización imperialista se ha reabierto esta discusión. Este debate se revitalizó al calor de dos grandes acontecimientos históricos. El primero: la caída del Muro de Berlín y el fracaso del “socialismo real” y por ende el balance histórico en base a la experiencia de la revolución rusa, sobre el cual muchas corrientes autonomistas y anti-leninistas han visto el germen de la degeneración burocrática de la URSS en el partido bolchevique con su disciplina, centralismo y su pelea por conquistar el poder, basándose en una idea muy popular: “el poder corrompe”. El segundo -históricamente relacionado con el primero-, es el surgimiento de una vanguardia a nivel global que se enfrenta a las políticas del imperialismo, la globalización y la guerra. Dentro de esta vanguardia se desarrollan una serie de debates estratégicos en relación a la orientación general que debería adquirir este “movimiento de los movimientos”, indisolublemente ligadas a la experiencia y las conclusiones del “socialismo real”. Como parte de este nuevo proceso mundial han surgido una infinidad de movimientos políticos y sociales, como el movimiento campesino en México que en 1994 surgió alzándose en armas en Selva Lacandona y todo Chiapas, en una nación caracterizada por un régimen político sumamente corrupto y coercitivo, sumida en la pobreza y el saqueo imperialista de los recursos naturales. No es de extrañar tampoco que el epicentro de los movimientos indígenas y campesinos sea Chiapas, región que duplica los porcentajes nacionales de pobreza e indigencia. Luego del movimiento de campesinos mexicanos se desarrolló la famosa huelga francesa de 1995 que conmovió toda Europa. Estos procesos de lucha ligados a una crisis estructural del neoliberalismo, confluyeron para dar origen, en 1999 al movimiento antiglobalización, nacido en Seattle pero que recorrió el mundo entero. Asimismo, este movimiento antiglobalización no cayó del cielo. Sino que surgió de las entrañas de una sociedad cuya marca más fuerte es la caída del Muro de Berlín, los comienzos de la “pos modernidad”, el “fin de la historia y las ideologías” que tantos males han propiciado al ser humano, la crisis de la política, el profundo cuestionamiento de palabras tales como “socialismo”, “comunismo” y “revolución”. En este momento histórico particular con sus múltiples determinaciones ha surgido una nueva ideología en el seno de lo más avanzado de la vanguardia de los países centrales y de los movimientos sociales de América Latina. Una corriente que más bien podríamos denominar como una red de redes heterogénea, con diferencias en su seno. Cuyas ideas no se han terminado de trazar del todo sino que se están constituyendo, Toni Negri señala que no se había propuesto extraer conclusiones de Imperio -cuyo proceso constitutivo está abierto aún-, sino abrir un nuevo umbral teórico con respecto al registro filosófico de la modernidad . Sin embargo las fronteras están bien delineadas y su denominador común unificador es la crítica de la política partidaria revolucionaria y de la lucha por el poder del Estado. En ese marco intelectuales como Toni Negri, John Holloway y movimientos sociales como el EZLN mexicano han sentado sus posiciones estratégicas y han expresado su voluntad de que el “movimiento de los movimientos” se constituya como una red de movimientos sociales que se enfrente al capitalismo desde la óptica del desarrollo de los movimientos “desde abajo” pero que bajo ningún punto de vista tenga como objetivo estratégico (a largo plazo) la toma del poder. Por ende tampoco en el corto plazo la construcción de un partido político que pelee por tomarlo. Evidentemente esto constituye un cuestionamiento de la herencia leninista, asentada en la lucha por la toma del poder político y social por parte de los explotados y la constitución de un partido revolucionario como mediación entre la teoría marxista -que condensa la experiencia histórica del proletariado, de sus victorias y derrotas previas, cuyo objetivo es la constitución de un proletariado revolucionario que derrote al capitalismo y construya en forma conciente una nueva sociedad- y la conciencia actual y la experiencia práctica/ concreta del movimiento de masas. Aquí intentamos establecer una polémica con las corrientes anticapitalistas que pregonan la superación del leninismo y lo anacrónico de la construcción de partidos revolucionarios y organizaciones políticas de la clase trabajadora. Lo hacemos desde un enfoque marxista que busca ser actualizado, renovador y no dogmático y estéril. Para ello utilizaremos como eje ordenador el texto escrito por Lenin en 1902, titulado Qué Hacer (de ahora en adelante QH) que sin lugar a dudas ha sido -y continúa siendo- una obra sumamente polémica, buscando establecer los elementos teóricos del texto que -consideramos- tienen vigencia y los elementos que constituyen respuestas a problemas coyunturales que han quedado superados por el desarrollo histórico o que no constituyen concepciones acabadas de la organización política. Intentaremos establecer la justa y necesaria relación entre espontaneidad y conciencia, entre movimiento de masas y partido revolucionario, entre ideología socialista y conciencia ordinaria para lograr trazar una perspectiva que nos permita desarrollar y extender el proceso de lucha de clases abierto en la nueva situación mundial.
PARTE I - Estructuras Políticas
La esfera Política en el Capitalismo
En las sociedades antiguas -como Egipto y Mesopotamia- a lo largo de los siglos que datan del 3.500 a.C (con el surgimiento de la sociedad estatal) hasta cerca del año 100 a.C, la vida política estaba entrelazada en forma compleja con la economía, la cultura y los mitos. Siendo todos parte de una misma esfera social que organizaba la vida colectiva en base a las necesidades de la burocracia estatal y de las elites fuertemente ligadas al Estado -órgano que extraía el excedente del trabajo agrícola-. A diferencia de estas sociedades antiguas, la democracia ateniense basada en el trabajo libre de los campesinos -que tenía como correlato la esclavitud- establecía lo “político” como actividad social específica centrada en la polis, dentro de la cual se resolvían los conflictos económicos y sociales. Así la lucha de intereses entre trabajadores libres y la élite terrateniente se daba en el marco de luchas políticas entre los defensores de la democracia y los propulsores de un sistema autoritario como Aristóteles o Platón. En el feudalismo poder económico y poder político estaban concentrados en el señorío y son inseparables, la extracción de excedente económico del trabajo de los campesinos tiene su fundamento (al igual que en las sociedades antiguas) en el poder militar y en la obligación moral y religiosa. A diferencia de las formaciones sociales precedentes, en los marcos del capitalismo surge una manifestación escindida de lo político y lo económico. Donde la economía tiene su expresión específica en el terreno de la producción y circulación de mercancías y la política en el Estado-Nación. La burguesía detenta su poder en la producción y la circulación de mercancías, decide cuando despedir a un trabajador, organiza los ritmos laborales, y fundamentalmente se apropia del plusvalor. Pero estas diferencias de clase, donde un grupo social produce y otro grupo se apropia de lo producido por los demás, se borrarían a la hora de tomar decisiones políticas. Todos tendríamos los mismos derechos u obligaciones en tanto ciudadanos. La diferenciación de clase real, se deshace con una igualación formal abstracta en base al voto universal y al concepto de ciudadanía. Así, a la hora de trabajar y dedicarse a la actividad “privada”, existe una tajante desigualdad entre propietarios de los medios de producción y productores de valor y riqueza social. Pero tanto capitalistas o trabajadores son ciudadanos libres que gozan de una igualdad formal frente al Estado soberano que representa los intereses generales de la Nación y no los intereses de un grupo social determinado como en las sociedades precapitalistas. En las sociedades precapitalistas las luchas económicas y políticas de los explotados estaban unidas objetivamente en una misma empresa. Los campesinos de la República Romana cuya consigna revolucionaria era el reparto de tierras y la reforma agraria, peleaban contra el poder político y económico de la aristocracia señorial y los patricios, como también los campesinos en el régimen feudal que se enfrentaban al señorío y la aristocracia en tanto que detentaba el poder político y militar sobre los medios de producción. Como señala Meiksins Wood “mientras la lucha salarial en el capitalismo puede percibirse como meramente económica (economicismo), no sucede así con la lucha por rentas librada por los campesinos medievales, aunque el asunto central en ambos casos es la enajenación de fuerza de trabajo y su distribución relativa entre los productores directos y los apropiadores explotadores” Porque el capitalismo a diferencia de las formaciones sociales precapitalistas -debido al voto universal, la democracia burguesa y la separación aparente entre la esfera “política” y “económica”- las luchas de los trabajadores tienden a fragmentarse por la fuerza objetiva de la estructura social capitalista. Ellen Meiksins Wood señala que el poder social se divide entre el poder de la clase y el poder del estado, que aparentan ser dos poderes autónomos y diferenciados, pero en realidad constituyen un poder único e indivisible. Esto lleva a que cada obrero que pretende luchar por una mejor condición de vida se ve enfrentado a su patrón individual junto con el resto de los trabajadores de su unidad de producción o trabajo. Se enfrenta, en primer lugar al poder económico de un capitalista en forma individual y no al poder económico y social de la clase capitalista en su conjunto. Y en segundo lugar su lucha se ve reducida a mejoras económicas en el nivel de vida material, pero no implícitamente ligada al enfrentamiento con el Estado y de la actividad política. Como contracara de esto el capital no interviene a la hora de la agudización violenta del conflicto entre clases, que se desarrolla casi siempre como conflicto entre los explotados y el Estado . Esta estructura de la sociedad capitalista es la base material del sindicalismo y economicismo en la militancia obrera, como así también del electoralismo o de las corrientes -sobre todo socialdemócratas- que aspiran a conquistar bancadas legislativas sin cuestionar al sistema capitalista, siendo parte de la democracia burguesa. Economicismo por un lado y politiquería por el otro tienen sus bases materiales en la organización capitalista moderna. A lo largo de toda la historia del movimiento obrero han surgido corrientes militantes con gran desprecio por la actividad específicamente “política”, es decir la lucha en contra del Estado capitalista y en pos de la toma del poder por parte de la clase trabajadora.
Política y lucha de clases
La obra de Lenin implica una superación de esta lucha, para elevar la lucha económica “espontánea” a una lucha conciente contra la clase capitalista y su estado. Lucha imposible de llevar adelante sino es con una ideología anclada en la teoría del socialismo revolucionario. En ese sentido es necesario comprender la actividad del bolchevismo y su significación histórica. Alain Brossat señala en su libro “En los orígenes de la revolución permanente”, la especificidad y relativa autonomía del campo político con respecto a las determinaciones económicas que adquiría la lucha de clases con el surgimiento del imperialismo a finales del siglo XIX, con la consecuente internacionalización de las relaciones sociales capitalistas y el agotamiento del desarrollo de las fuerzas productivas bajo el régimen capitalista. Este proceso está por primera vez señalado en la teoría de Trotsky del desarrollo desigual y combinado, cuya principal conclusión es la posibilidad de pelear por la conquista del poder político del proletariado en Rusia -una nación atrasada que no tenía bases económicas para edificar el socialismo, pero que las condiciones objetivas de la fase imperialista del capitalismo lo permitían-. No siendo así en el siglo XIX, el siglo de Marx y Engels, donde las condiciones económicas eran determinantes por sobre el aspecto político. La política (entendida como la lucha por el poder) se convierte en el terreno más importante y más elevado de la lucha de clases en el siglo XX. En este marco es que Trotsky, pero sobre todo Lenin, a diferencia de Marx y Engels son quienes desarrollan una obra político-práctica socialista, organizando un partido revolucionario, actuando en tres revoluciones, constituyendo la III Internacional.
PARTE II - Lenin destruye el fin con los medios
El autonomismo realiza una crítica implacable de todos los aspectos ideológicos del leninismo. El partido basado en el legado leninista destruiría el fin (la sociedad comunista) con medios completamente reaccionarios que conducen a una dictadura del partido sobre las masas trabajadoras. El libro A cien años del ¿Qué Hacer? es una compilación de intelectuales autonomistas y anarquistas que desarrolla una infinidad de críticas a Lenin. Desde la crítica a sus concepciones sustitucionistas y burocráticas tanto de la organización política como de la revolución revalorizando el debate entablado entre Trotsky, Rosa Luxemburgo y los bolcheviques previo a 1905, hasta el abandono de la necesidad de la conquista del poder político. La gran mayoría de las críticas se basan en el QH, tomando este texto como la base de la posterior degeneración de la Revolución Rusa y el surgimiento del estalinismo. Es necesario un recorrido por ciertas tesis del QH.
El contexto
Durante la redacción del QH en 1901-1902 Lenin se hallaba en una lucha de fracciones con el grupo Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero, cuyo órgano era la revista, Rabócheie Dielo (La Causa Obrera), luego de un intento fallido en 1901 de unificar a los socialdemócratas de toda Rusia bajo una organización común, Lenin es persistente en su objetivo, pero no puede lograrlo si no es combatiendo a los economicistas de Rabócheie Dielo. Simboliza bastante el grado de agudeza y divergencias políticas que tenía el partido el epígrafe elegido por el autor para comenzar su folleto: un extracto de una carta de Lassalle a Marx de 1852 donde señala que “...La lucha interna da al partido fuerzas y vitalidad; la prueba más grande de la debilidad de un partido es la amorfia y la ausencia de fronteras bien delimitadas; el partido se fortalece depurándose...” En este marco el eje del texto lo constituye esta polémica con los economicistas en torno a la actividad de propaganda y agitación de los socialdemócratas en el movimiento espontáneo de las masas. Para ello Lenin realiza una periodización de la lucha de las masas obreras rusas en las décadas previas, tomando criterios teóricos de Marx y Engels. La tesis de Lenin es que en forma espontánea la clase trabajadora y las masas sólo pueden llegar a una práctica tradeunionista (sindicalista) sin lograr romper con la ideología burguesa. En realidad las masas rusas en forma espontánea rebasaron las expectativas de Lenin llegando a conformar soviets en la revolución de 1905, órganos de autodeterminación obreros en lucha contra la autocracia zarista. Pero esto no hizo que modifique su concepción de partido, en la cual la principal actividad de los militantes socialistas debe ser organizar las diversas luchas parciales y locales que emprenden los trabajadores por reivindicaciones sectoriales para elevarlas a una lucha conciente, revolucionaria y socialista contra el poder del Estado y contra la clase capitalista en su conjunto. Esta lucha revolucionaria no puede ser emprendida por los trabajadores en forma espontánea. Sino que es necesaria la actividad partidaria de los obreros e intelectuales socialistas que por medio de la propaganda y la agitación combatan la ideología burguesa en el proletariado y logren elevar la lucha económica espontánea del proletariado a una lucha conciente socialista. Así una de las primeras conclusiones del QH implica la concepción del proletariado como sujeto teórico, es decir como clase social que debe conquistar su independencia del resto de las clases y ser la vanguardia de todo el pueblo en la lucha contra el Estado y el capital. Y, por otra parte, el partido en tanto que sujeto político es decir como actor social que se constituye como vanguardia proletaria al intentar elevar la conciencia actual del proletariado a una conciencia socialista y adoptar como perspectiva la toma del poder.
La producción de la Subjetividad
Como hemos señalado previamente Marx bregó por la constitución del proletariado en clase dominante. Al inicio del artículo hemos señalado la dicotomía existente entre el periodo de Marx y Engels y el período de Lenin y Trotsky. Una situación histórica en la cual el capitalismo no se había convertido en sistema mundial teñía la actividad de Marx y Engels con una fuerte determinación de la estructura económica, donde las relaciones productivas entre las clases trazaban y en gran medida determinaban los conflictos políticos. Así Marx opinaba que el desarrollo del proletariado, la tendencia objetiva a la proletarización de amplias franjas de las clases medias que le otorgarían un mayor peso objetivo como clase, sus luchas por mejoras económicas, sus propias experiencias, victoriosas y derrotadas, crearían evolutivamente una mayor conciencia del proletariado, el fortalecimiento de las ideas comunistas, de las organizaciones de la clase, constituyendo al proletariado en partido comunista que conquiste el poder e instaure el socialismo. Ellos comprendieron así que “toda lucha de clases es política”, en el sentido de que la lucha de clases se orienta hacia la toma del poder. Pero no vieron -ni podían ver- a la esfera política “como expresión mayor de la lucha de clases” ya que el automatismo social y económico que ellos previeron no se condijo con una realidad, trazada por el desarrollo desigual y combinado, por un camino plagado de obstáculos a superar. El lenguaje leninista está teñido por una búsqueda intempestiva de la ruptura del tiempo evolutivo y gradual, por el aprovechamiento de la situación revolucionaria para convertir la misma en revolución triunfante. El bolchevismo se desarrolló en un país fuertemente caracterizado por esta nueva situación histórica e impregnado de “desarrollo desigual” que lo convertiría en “eslabón débil”: un enorme campesinado con una clase obrera pequeña pero poderosa, un desarrollo industrial naciente pero que adquiría lo más avanzado de la técnica inglesa y francesa, un Estado zarista enfrentado por un movimiento socialista con gran peso. En este terreno señalado en El desarrollo del capitalismo en Rusia debía pensarse la revolución, que lleva a Lenin a comprender la importancia de la política en estas circunstancias, las diversas mediaciones institucionales y políticas que adquiría la lucha de clases en esta nueva situación. Es el ideólogo de la estrategia y de la política como instrumentos que adoptaban una nueva valorización para la lucha de clases. En esto se basa su dura crítica en el QH a la disolución de la política en la lucha económica pregonada por Rabócheie Dielo. La socialdemocracia no representa socialmente a los obreros, en tanto que supera la representación de los proletarios en sus relaciones con los diversos patronos, como tampoco la representación del proletariado puede disminuirse en lo social, encerrando a los diversos sectores de clase y a las clases en una estrechez corporativa. La socialdemocracia representa políticamente al proletariado en tanto que lo constituye como actor independiente frente al Estado, la clase capitalista en su conjunto, el resto de los estados, el imperialismo, el capital mundial y frente al resto de las clases subalternas. En este marco se funda la acción política como actividad fundamental de los revolucionarios. El desarrollo de la estrategia, la elaboración de un programa, el trazado de un marco de alianzas políticas de clases, la lucha ideológica, la lucha de partidos, las tácticas políticas, los problemas organizativos. Negri fue durante muchos años de su vida un militante leninista. Pero ha señalado que la globalización entraña dos grandes modificaciones en la estructura capitalista que reestructuran el pensamiento revolucionario. La primera es el surgimiento del Imperio, la segunda de la Multitud. Estas dos transformaciones implicarían la tendencia a la disolución del Estado Nación, la hegemonía del trabajo inmaterial, la fundición entre el tiempo de trabajo y el tiempo de vida, la hegemonía de la cooperación en red, la producción de lo común, etc. Todo esto es causa y efecto de la absorción del terreno político y del económico por el terreno social. La producción de una subjetividad revolucionaria no está dada por acontecimientos y mediaciones políticas (la constitución de partidos y organizaciones, el frente único, la estrategia, la táctica, la hegemonía, las alianzas de clase, la resolución de las tareas democrático-nacionales, el asalto al poder) sino que emerge y está conformada por el plano social (redes de cooperación, el lenguaje, la comunicación, la producción de riqueza más allá del capitalismo, lo común, el éxodo). Esta subjetividad revolucionaria está expresada en la multitud, que supera tanto las relaciones económico-estructurales (que determinarían a la clase obrera), como las relaciones o confluencias políticas (que determinan un concepto como el pueblo). Siendo el concepto de clase obrera excluyente para con las luchas de los asalariados no proletarios (campesinos, trabajadores de los servicios) y siendo el concepto de pueblo un concepto que diluiría la heterogeneidad y la singularidad que implican la democracia. El concepto de multitud está basado así en un fundamento que disuelve lo económico y lo político en lo social. La principal característica de la multitud es la “producción de lo común” y su constitución por sujetos individuales, singulares y diferentes y sus organizaciones democráticas como proyecto político. La Multitud nace y se desarrolla por medio de un automatismo social. Esta postura de Negri está relacionada con muchas corrientes surgidas en los años ’60 y ’70 en momentos de una extendida acción revolucionaria y anticapitalista del proletariado mundial. Muchas corrientes ideológicas señalaban que la evolución de la lucha proletaria conducía a una evolución espontánea de la conciencia de los trabajadores por medio del ejercicio de la democracia directa y del cuestionamiento a la propiedad privada, expresada en las huelgas salvajes y en las tomas y ocupaciones de fábricas. Había una inmanencia revolucionaria del proletariado que hablaba “por sí mismo” y no podía concebirse la idea de una capa de intelectuales y de proletarios socialistas que hablen “en nombre suyo”. El proletariado como actor social reunía los propios intereses históricos de transformación revolucionaria. Evidentemente esta teoría no superó la prueba de los acontecimientos, ya que fueron las estrategias reformistas las que imprimieron un obstáculo insuperable por medio de la espontaneidad. En el nuevo siglo la multitud hablaría “por sí misma” e inevitablemente sus intereses se corresponderían con el emprendimiento del Éxodo y la supresión de las actuales relaciones sociales. Negri no quiere responder a la pregunta ¿qué hacer? limitándose a señalar lo que acontece. La multitud es quién responde. Ella porta las tareas que resulten necesarias anhelando una democracia en la cual estén incorporados el concepto de libertad (negado por el socialismo en pos de la igualdad) y de igualdad (negado por el liberalismo en pos de la libertad). Sin embargo los trabajadores y los oprimidos y explotados luego de casi tres décadas de neoliberalismo, de retroceso del movimiento de masas, de perdidas de las conquistas materiales, etc. No hablan por sí mismas en forma inmanentemente anticapitalista, ni constituyen un cuerpo social o político que cuestione la sociedad existente. En la actualidad las masas apoyan en América Latina a gobiernos como el de Néstor Kirchner o Lula (hoy fuertemente cuestionado luego de tres años de gobierno debido a la corrupción del PT, pero que asumió con 52 millones de votos). En ese sentido no existe una inmanencia revolucionaria en el movimiento de masas o en la clase trabajadora que pueda dar a luz un concepto tal como el de multitud. Existen más de 20 años de democracia burguesa en países como por ejemplo Argentina, donde el peronismo continúa manteniendo su poder como partido con apoyo de masas, sobre todo de la clase obrera. Sus expectativas en la transformación de los problemas nacionales mediante la confianza en los partidos y los mecanismos del régimen burgués es muy fuerte, esto lo vemos en el ejemplo boliviano (uno de los epicentros más avanzados de la lucha de clases a escala mundial), donde acciones espontáneas como las de Junio con una conciencia política antiimperialista en torno al problema del gas concluye con el fortalecimiento del MAS de Evo Morales con gran expectativa de masas, mientras negocia una salida burguesa con los partidos de la derecha. ¡Qué clase de singularidad y de individualidad democráticas puede constituir la Multitud si los propios individuos que según Negri la conforman no son concientes de que lo hacen! A su vez los ritmos de explotación han aumentado considerablemente, aumentando la tasa de ganancia capitalista con un crecimiento enorme del capital y una extensión de las relaciones capitalistas de producción a los países de Oriente luego de la caída del muro de Berlín, el crecimiento de sectores claves para la producción capitalista como los servicios y las comunicaciones, el desarrollo tecnológico, etc. Esta extensión de los dominios del capital con el correspondiente desarrollo del conocimiento científico y tecnológico aplicado a la intensificación de los mecanismos de producción capitalista ha reconfigurado una serie de conceptos centrales para el marxismo: la ley del valor, la enajenación, la explotación capitalista y el fetichismo mercantil. Estos cuatro elementos, luego de la caída del Muro de Berlín, por primera vez en la historia se han convertido en universales. Impregnando todos los rincones de la tierra. Sin embargo según Negri la globalización habría negado estos cuatro conceptos. ¡Mientras que han crecido los niveles de pobreza, los ritmos laborales, el reparto del PBI de todos los países se ha modificado en favor de los capitalistas, ha crecido el trabajo infantil, la prostitución, la indigencia, el hambre, las enfermedades, el trabajo femenino con salarios desiguales y las condiciones de vida y los salarios han disminuido a nivel mundial, el derecho de sindicalización es vedado a la mayoría de los asalariados y un centenar de ejemplos más que demuestran que la enajenación en el trabajo se ha extendido enormemente y los niveles de explotación se asemejan a la esclavitud!. Lejos de transferirse a la producción intelectual, la extracción capitalista del valor mantiene formas de explotación material bestiales. Así, por ejemplo, el proceso de unificación del tiempo de vida y el tiempo de trabajo señalado por Marx, puede referirnos a dos aspectos: uno, el tiempo de vida absorbe al tiempo de trabajo eliminando el trabajo asalariado, otro el tiempo de trabajo absorbe el tiempo de vida, acrecentando la explotación capitalista. Evidentemente está sucediendo el segundo aspecto. Esta dominación creciente por parte del capital y de la ideología burguesa por medio de la democracia burguesa y su Estado replantea el leninismo. La lucha de clases en esta situación del capitalismo mundial debe afrontar una enormidad de nuevas tareas políticas. Por un lado hacer frente a un dominio capitalista que se ha vuelto sumamente poderoso material e intelectualmente. Afrontar las condiciones de atraso en la conciencia política y en la organización del movimiento de masas. Actuar en los momentos de asenso de la lucha de clases marcado por fuertes características espontáneas, esporádicas, de corta duración, etc. Para todo esto vuelven a replantearse los problemas examinados por Lenin en el QH para el actual período. La construcción de partidos políticos, las alianzas de clases, la intervención política para desarrollar la conciencia de las masas, la propaganda socialista, la agitación de consignas que desarrollen una ruptura de las masas con la ideología burguesa, la actuación y la elaboración de programas políticos para responder a la ocupación imperialista en Irak, responder a los gobiernos centroizquierdistas en América Latina, a la Constitución de la Unión Europea, etc.
¡Combatir el Comunismo!
“la idea del partido como la vanguardia que dirige y educa a las masas para el comunismo niega el hecho de que el comunismo es el movimiento real de la clase trabajadora” . Marx ha definido así al comunismo, y ha señalado que la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos. Entonces la idea de Lenin de “combatir la espontaneidad” y la “conciencia desde afuera” serían un instrumento antimarxista, basado en una visión burguesa que despreciaría a las masas a favor de los intelectuales. Así el Troski que criticó el QH acusando a Lenin de sustitucionista tendría razón “El método de Lenin conduce a esto: la organización del partido (un pequeño comité) comienza a sustituir al conjunto del partido, luego el comité central sustituye a la organización, y, finalmente, un dictador sustituye al comité central...” La realización práctica, real, del comunismo significa que se transforme en fuerza material, es decir que se encarne en las masas, así Marx ha señalado que “la teoría se convierte en poder material tan pronto como se apodera de las masas. Y la teoría es capaz de apoderarse de las masas cuando argumenta y demuestra ad hominem, y argumenta demuestra ad hominem cuando se hacer radical”. Pero evidentemente las masas no son comunistas (pues sino no estaríamos viviendo en una sociedad capitalista). Marx interpreta la conciencia de las masas como “Las ideas de la clase dominante son en cada época las ideas dominantes, es decir, que la clase que es la fuerza material dominante de la sociedad es al mismo tiempo su fuerza intelectual dominante” Debido no sólo a la propaganda mediática sino también y sobre todo al fetiche de la democracia burguesa y al fetichismo mercantil universal que tiene como base la cooptación ideológica de la clase trabajadora no sólo en tanto consumidora sino también en la organización de la producción y la alienación del trabajo, donde los productores son dominados por los objetos que ellos mismos producen “Lo enigmático de la forma mercancía consiste, pues, simplemente en que devuelve a los hombres la imagen de los caracteres sociales de su propio trabajo deformados como caracteres materiales de los productos mismos del trabajo; refleja también deformadamente la relación social de los productores con el trabajo total en forma de una relación social entre objetos que existiera fuera de ellos... Lo que para los hombres asume aquí la forma fantasmagórica de una relación entre cosas es estrictamente la relación social determinada entre los hombres mismos. Si se quiere encontrar una analogía adecuada hay que recurrir a la región nebulosa del mundo religioso. En éste los productos de la cabeza humana aparecen como figuras autónomas, dotadas de vida propia, con relaciones entre ellas y con los hombres. Así les ocurre en el mundo de las mercancías a los productos de la mano humana.” . Esta codificación de la alienación está presente en todo el pensamiento de Marx, tanto en el de los Manuscritos de 1844, de los Grundrisse y del Capital. La “falsa conciencia” o la cooptación ideológica del proletariado se realiza tanto por medio de la explotación y el trabajo asalariado como por medio del fetichismo de la democracia burguesa, esencia según Antonio Gramsci de la constitución de la hegemonía burguesa en los países centrales. Entonces la pregunta a resolver ¿Como convertir a un proletariado dominado por la ideología burguesa en clase revolucionaria, portadora histórica de llevar adelante el socialismo y liberar a toda la humanidad si su tendencia hacia el socialismo es inherente a su condición de explotado en el sentido objetivo, pero al cual se le impone la ideología de la clase dominante por sus mayores medios culturales, comunicacionales, ideológicos, materiales? La definición de la Ideología Alemana escrita hace largos años puede permitirnos resolver este enigma: “Para nosotros, el comunismo no es un estado que deba implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual”. Pero ¿cuál es dicho movimiento real?, de qué condiciones surge y en qué se manifiesta. “En El Capital, Marx señala que el proceso de producción capitalista considerado en su continuidad o como proceso de reproducción, no produce sólo mercancías, ni sólo plusvalía, sino que “produce y reproduce la relación capitalista: por un lado el capitalista, por otro el asalariado”. El sistema que se reproduce a sí mismo engendra sus propias crisis y sus propias contradicciones, y suscita puntos de ruptura que pueden manifestarse bajo la forma de crisis económicas. Pero una crisis económica no es forzosamente revolucionaria: puede ser uno de los mecanismos de autorregulación del sistema, puede tener sólo una función “purgativa”. Después de la crisis -los stocks aumentados, las empresas arcaicas eliminadas- la economía capitalista prosigue sobre una base saneada. Lukacs insiste sobre éste aspecto de la crisis: “sólo la conciencia del proletariado puede mostrar cómo salir de la crisis capitalista. Mientras no se dé esta condición, la crisis permanece, vuelve a su punto de partida, repite la situación.” Así entonces, la particularidad de la “última crisis capitalista” es que “el proletariado deja de ser objeto de esta crisis y despliega abiertamente el antagonismo inherente a la sociedad capitalista”. Sólo la crisis se convierte en situación revolucionaria cuando el foco, “el blanco de la lucha” se convierte en el Estado y la organización capitalista mismos. En este contexto y como parte de esta estrategia actúa el partido, como una especie de ordenador de la lucha de clases. Esto está presente también en el Manifiesto Comunista donde sus jóvenes autores consideran a los comunistas como el “partido más resuelto del proletariado” cuyo objetivo es la “conquista inmediata del poder por el proletariado” . Como señalamos al comienzo del artículo Marx y Engels no se vieron como actores de esa “conquista inmediata del poder por el proletariado”. Sino que fue Lenin el protagonista de dicha obra. Es él quien debe responder a los diversos problemas prácticos para convertir la “crisis” en “situación revolucionaria” y a ésta última en revolución triunfante. Para constituir en “proletariado conciente” a los obreros rusos, cuyas batallas contra los patrones eran sumamente heroicas pero estaban preñadas de ideología burguesa, Lenin establece una dialéctica presente a lo largo de toda su lucha por tomar el poder. La dialéctica entre “teoría revolucionaria”, “partido revolucionario” y “movimiento de masas”. Sólo mediante la organización de un partido proletario en Rusia, unificado en torno al periódico que actúe como el “esqueleto del partido”, con un rígido centralismo debido a las condiciones represivas del zarismo, podía la ciencia socialista impregnar al movimiento de masas y liberarlo de la ideología burguesa. En ese sentido “sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia” . El emerger del movimiento espontáneo posibilitaba a la socialdemocracia adquirir dos caminos distintos. Uno, el de los economicistas, y su “culto a la espontaneidad” que implica la perpetuación de la ideología burguesa entre los obreros, ya que la socialdemocracia se supeditaba a su grado de conciencia actual. Siendo que “la clase obrera tiende al socialismo de manera espontánea; pero la ideología burguesa, la más difundida... es, sin embargo, la que más se impone espontáneamente a los obreros” . Esta postura, más allá de la demagogia con las bases, con frases como “los obreros para los obreros” o los insultos a los “dirigentes” (socialdemócratas), concluye en el fortalecimiento de la ideología burguesa. Ya que existen “dos ideologías y sólo dos: la ideología burguesa y la ideología socialista” por eso “todo lo que sea rebajar la ideología socialista, todo lo que sea separarse de ella significa fortalecer la ideología burguesa”. Lenin saluda el despertar del movimiento espontáneo de las masas rusas en general y proletarias en particular. Pero en vez de concebir a estas luchas como un fin en sí mismo, en vez de adoptar una visión provinciana, corporativa o estrecha, adopta una postura que parte de los intereses generales del proletariado como clase internacional. “La historia nos ha impuesto una tarea inmediata, que es la más revolucionaria de todas las tareas inmediatas del proletariado en cualquier otro país. El cumplimiento de esta tarea, la demolición del más poderoso baluarte no sólo de la reacción europea, sino también (podemos decirlo hoy) de la reacción asiática, convertiría al proletariado ruso en la vanguardia del proletariado revolucionario internacional” La lucha por el derrocamiento del zarismo debía contar con un proletariado conciente. “mientras no se dé esta condición, la crisis permanece, vuelve a su punto de partida, repite la situación”. Para ello deben articularse todos los mecanismos necesarios para constituir dicha clase. En esta dialéctica el QH permite al proletariado organizarse como clase independiente del resto de las clases y fracciones de clase y combatir a los partidos que representan intereses de clase ajenos al proletariado. Esto es así porque el marxismo revolucionario lucha por una autonomía que no sólo se constituye mediante una organización formalmente democrática sino que esta organización debe tener como condición necesaria la conciencia socialista del proletariado. Esto permitiría resolver la crisis de dirección que tenía el movimiento espontáneo. A su vez el partido lograría desarrollar la espontaneidad “en tanto que” permita fortalecer las filas obreras, unificar al proletariado en su lucha, combatir al zarismo, lograr victorias económicas, pero combatirla en tanto fortalecía la ideología burguesa degradando la ideología socialista. Evidentemente el QH no codifica en toda su riqueza las posibilidades de la espontaneidad -infravalorada por el momento-, luego volveremos sobre este debate sumamente importante para pensar actualmente la revolución. Pero sin embargo, de esta temprana postura se desprende una conclusión sumamente importante: el papel de la teoría para el partido y el papel de la conciencia para la clase. Volvemos a encontrar aquí un acto asombroso. Si la crisis por si misma no impulsa al proletariado a la revolución. Si el proletariado no es revolucionario en forma inmanente debido a la explotación que sufre. Entonces hay que actuar. Lejos de una espera pasiva y del automatismo social penetra el pensamiento, la ideología y la superación de la conciencia actual. Antes de oír que lo acusan de “combatir el comunismo” Lenin responde “Sin conciencia revolucionaria no hay movimiento revolucionario”. Hay dos ideologías. Sólo dos.
Intelectuales Jacobinos
Por otra parte en reiteradas oportunidades se critica a Lenin por sus alusiones en el QH a la importancia de los intelectuales dentro del movimiento socialista y a la educación por parte de ellos de los trabajadores. Junto con ésta prioridad que debían tener los intelectuales en el partido se establecía la concepción jacobina del partido y su separación del movimiento de masas. Estas críticas se basan generalmente en la reivindicación de las críticas de Rosa Luxemburgo a la organización leninista a lo cual nos referiremos específicamente luego. Esto estaría basado en una impronta kautskiana en materia de organización política para Lenin con su hiper-centralismo propio de toda organización jacobina de intelectuales y la dictadura del comité central sobre la masa del partido. Como también en las características peculiares de Rusia y de la estrategia bolchevique que sería la conducción y el desarrollo de una revolución burguesa y no de la instauración del socialismo. Sin embargo, cuando Lenin escribe el QH la organización del partido a nivel nacional y la unificación de todas las alas de la socialdemocracia que se encontraban dispersas por todo el territorio ruso en una misma organización con una prensa que actúe estructurando el partido, junto con la enorme centralización y la eliminación de la democracia dentro del partido, la formación de revolucionarios profesionales, el desarrollo del aparato ilegal, etc, evidentemente son elementos coyunturales y no permanentes en la teoría del partido leninista. Es verdad que muchas corrientes burocráticas han tomado al QH como una “texto sagrado”, reproduciendo en cualquier momento y lugar las formas de organización que allí se plantean. Pero eso evidentemente tiene que ver con una situación concreta que es la dictadura bestial del zarismo, donde era imposible la organización de células estables. La policía política del zarismo tardaba tres meses en detectar y destruir por medio de la persecución política y la cárcel a una célula socialdemócrata. La única forma de mantener una organización política permanente a nivel nacional era por medio de un rígido centralismo que intente evadir a la policía política zarista. A lo largo de toda la historia del bolchevismo el centralismo democrático nunca fue un dogma ni una receta, sino que variaba acorde a las situaciones concretas, por eso luego de la Revolución de 1905 Lenin plantea la necesidad de que todos los cargos de dirección en el partido sean elegidos por las bases y la necesidad de abrir de par en par las puertas de la organización a los obreros, anhelando que por cada intelectual dentro del partido se organicen decenas de obreros, para luego modificarlo y pelear porque por cada intelectual haya “cientos de obreros”. Estas medidas posteriores de Lenin en torno a los problemas de la organización modifican lo esbozado en el QH, en base a las situaciones concretas. Tanto las corrientes que critican al leninismo por ser sustitucionista y jacobino y las corrientes que adoptan un leninismo amoldado a las concepciones guerrilleristas y reivindican organizaciones político-militares alejadas del movimiento de la clase trabajadora han adoptado estas posturas señaladas en el QH y en años posteriores, como en Un paso adelante, dos pasos atrás. A decir verdad, como señala el crítico de Lenin, Diethar Behrens: “Lenin escribió “el jacobino, que es inseparable de la organización del proletariado, es precisamente el socialdemócrata revolucionario que ha tomado conciencia de sus intereses de clase” (Un paso adelante, dos pasos atrás), en su “anticrítica”, Lenin dijo que no fue él sino Axelrod quien así lo habría expresado. Él, por el contrario, habría señalado que la comparación sólo sería lícita en relación con la diferencia entre las alas revolucionarias y oportunistas, entre los jacobinos y los girondinos”. Pero sin embargo podemos decir con razón que las posturas en torno a la intelectualidad, a los revolucionarios profesionales, la introducción de la conciencia “desde afuera”, la eliminación de la democracia dentro del partido, etc. si son desarrolladas conducen a una concepción “jacobina”, donde la revolución la llevaría a cabo un grupo de intelectuales organizados en partido conduciendo a la clase de conjunto. En relación con los intelectuales es también evidente el importantísimo rol que les adjudica Lenin para la socialdemocracia. En primer lugar en torno a la producción teórica y en segundo lugar en relación a la composición del partido, ya que el sector social del que más “revolucionarios profesionales” podían emerger era la pequeño burguesía. Pero sin embargo es el único texto en el cual Lenin les otorga un papel tan importante de todos los que haya escrito en su vida política. Pero vayamos directamente al texto: “Por supuesto, el socialismo, como doctrina, tiene sus raíces en las relaciones económicas actuales... Ahora bien el socialismo y la lucha de clases surgen juntos, mas no se derivan el uno de la otra; surgen de premisas diferentes. La conciencia socialista moderna solo puede surgir de profundos conocimientos científicos. En efecto, la ciencia económica contemporánea es premisa de la producción socialista en el mismo grado que, pongamos por caso, la técnica moderna; y el proletariado, por mucho que lo desee, no puede crear ni la una ni la otra; ambas surgen del proceso social contemporáneo. Pues el portador de la ciencia no es el proletariado, sino la intelectualidad burguesa: es el cerebro de algunos miembros de este sector de donde ha surgido el socialismo moderno, y han sido ellos quienes lo han transmitido luego a los proletarios más destacados por su desarrollo intelectual, los cuales lo introducen seguidamente en la lucha allí donde las condiciones lo permiten. De modo que la conciencia socialista es algo introducido desde fuera en la lucha de clase del proletariado y no algo que ha surgido espontáneamente dentro de ella (Karl Kautsky, citado por Lenin en QH, pp 146)”. Pero inmediatamente Lenin matiza estas afirmaciones de Kautsky, al señalar por un lado que “esto no quiere decir naturalmente que los obreros no participen en esa elaboración. Pero no participan como obreros, sino como teóricos del socialismo...” y luego “Se dice a menudo que la clase obrera tiende espontáneamente al socialismo. Esto es justo por completo en el sentido de que la teoría socialista determina, con más profundidad y exactitud que ninguna otra, las causas de las calamidades que padece la clase obrera, debido a lo cual los obreros la asimilan con tanta facilidad, siempre que esa teoría no ceda ante la espontaneidad, siempre que esta teoría no se supedite a la espontaneidad... La clase obrera tiende al socialismo de manera espontánea; pero la ideología burguesa, la más difundida... es sin embargo, la que más se impone espontáneamente a los obreros.” Evidentemente estas dos afirmaciones relativizan la semejanza al planteo de kautsky en relación a los intelectuales. Estos argumentos demuestran que no existe en Lenin -más allá de las exageraciones del QH- un pensamiento jacobino en torno a los problemas de la organización (como señalaremos tampoco en torno a la dinámica de la revolución). Pero por otra parte es evidentemente necesaria para la lucha de los explotados una capa especial de “intelectuales orgánicos”. En la sociedad capitalista, la burguesía posee una capa de políticos profesionales y de intelectuales de su clase, no son sólo las masas de obreros quienes por circunstancias objetivas no pueden dedicar su tiempo a la reflexión y acción política sino que los capitalistas tampoco lo hacen. Esa capa de políticos profesionales del proletariado es necesaria para que pueda existir un pensamiento teórico-político de dicha clase. Pretender liquidar esta capa dirigente significa desarmar a la clase trabajadora y privarla de dicha producción de conocimiento. La relación que debe establecerse entre los intelectuales, los obreros y la producción de conocimiento socialista en lo que atañe a los problemas de organización debe ser necesariamente concreta. El peso de los obreros, los intelectuales, los “revolucionarios profesionales” y el régimen de partido varía de acuerdo a las condiciones de la represión y persecusión estatal, al grado de lucha y conciencia que adquiera la clase, las tareas políticas que se plantea una organización. Pero es necesario estar prevenido por un lado de la ideología obrerista y espontaneísta, con su desprecio por la actividad teórica y su demagogia hacia los obreros, y por otro lado es necesario prevenirse del jacobinismo vanguardista que aísla a la organización del movimiento de masas en general y del movimiento obrero en particular. Entonces encontramos en el QH un texto en el cual está valorada la actividad teórica y la actividad de los intelectuales socialistas en su relación con el conjunto de la clase, esto está condensado en la frase “sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia”. Pero por otro lado es preciso establecer la superación que Lenin mismo llevó a cabo de la sobre valoración que se le otorga a la actividad pedagógica y a la relación entre esta capa de revolucionarios profesionales con la actividad política de las masas.
Luxemburgo al asalto del Qué Hacer
“Mucho antes que Lenin, Rosa Luxemburgo comprendió el carácter retardatario de los aparatos partidarios y sindicales osificados y comenzó a librar la lucha contra los mismos. En la medida en que contó con la agudización inevitable de los conflictos de clase, ella siempre predijo con certeza la aparición elemental independiente de las masas contra la voluntad y la línea de conducta del oficialismo. En este sentido histórico general, está comprobado que Rosa tenía razón.” (León Trotsky, Luxemburgo y la IV Internacional, 1935)
Rosa Luxemburgo fue una de los marxistas que más decididamente se opuso a Lenin en los aspectos que se refieren a la organización, el centralismo y el desprecio por elemento espontáneo practicado en el QH. Luego de la caída del Muro de Berlín y a lo largo de la existencia del régimen estalinista, basándose sobre todo en la experiencia del Mayo Francés muchas corrientes socialistas se apoyaron en Rosa Luxemburgo intentando cuestionar al estalinismo y buscando una nueva teoría del socialismo y de la revolución. En la actualidad los críticos del leninismo buscan en la estrategia de Rosa una primera alerta contra la degeneración bolchevique. El lugar que ocupa Rosa en la historia del movimiento obrero aún queda pendiente precisarlo, debido a que se haya tensada entre dos polos opuestos: el bolchevismo y el espontaneísmo. Así los méritos de Rosa varían de acuerdo al autor; sobre los rasgos del imperialismo, la defensa del marxismo frente al revisionismo bernsteniano, la exaltación de los rasgos espontáneos del movimiento de masas, y la defensa de la democracia obrera contra los “excesos” bolcheviques. Creemos que las críticas de Rosa a Lenin no constituyen dos visiones radicalmente divergentes, pero así también es imposible negar que entre estos dos grandes revolucionarios existieron marcadas diferencias en la teoría de la revolución. Rosa Luxemburgo, por su ubicación geográfica y política -ella desde comienzos del siglo XX lideró dos partidos de la II Internacional, el Alemán y el Polaco- pudo inmiscuirse y ubicarse en el corazón de la mayor contradicción que sufría el movimiento socialista previo a la Primer Guerra Mundial de 1914. Por un lado su liderazgo del partido alemán le permitió confrontar desde un principio la táctica electoralista: la “táctica alemana”, practicada durante más de 20 años por la Socialdemocracia de dicho país. Lo cual había llevado a un partido enorme a basar toda su estrategia en el gradualismo electoralista. Con una base de votantes que se ensanchaba cada vez más y que en 1912 alcanza a conquistar un tercio del electorado, se enfatiza un curso completamente burocrático en el partido más grande del proletariado en ese momento histórico. Era preciso “organizar a la mayor cantidad de miembros”, “educar la mayor cantidad de trabajadores”, “ir a las huelgas y organizar sindicatos” para conquistar la mayor cantidad de aumentos salariales y leyes laborales, por medio del ensanchamiento de las filas del partido vendría de la mano el socialismo. Por otro lado Rosa -por su posicionamiento como dirigente del partido polaco- (era la dirigente del partido alemán a la cual todos reconocían su gran conocimiento en los asuntos rusos) descubre la espontaneidad y los alcances de la lucha de masas en el combate contra el zarismo de los obreros rusos en la Revolución de 1905, como elemento más avanzado de lo que podía dar la espontaneídad, desarrollada también en las huelgas de masas de los obreros belgas en la década precedente. Como una paradoja de la historia, ella descubre en sus posiciones políticas lo que Trotsky por medio del análisis de la economía mundial y sus estudios filosóficos de Labriola: la “ley del desarrollo desigual y combinado” aplicada por Trotsky en Resultados y Perspectivas a la dinámica de la revolución en Rusia y su relación con la revolución mundial. Rosa descubre esto mismo en esta contradicción insuperable de la II Internacional: el país más avanzado económicamente contaba con un partido incapaz de llevar al proletariado a la victoria, y un país cuyo proletariado era el más joven de todos tenía los métodos de lucha que lo elevarían al poder. Es por dicha perspectiva estratégica que traza Rosa, sus polémicas con Berstein y Kautsky, su énfasis en desarrollar la “huelga política de masas” que Rosa comprende de inmediato las implicancias de la traición de la Socialdemocracia del 14 de Julio de 1914 cuando los diputados socialistas -a excepción sólo de Liebknetch- votan el apoyo a la burguesía nacional y la “carnicería imperialista” que fue la Primer Guerra Mundial. Mientras que para Lenin dichos acontecimientos fueron una gran sorpresa. Esta superioridad de Rosa Luxemburgo sobre Lenin es innegable, de hecho el propio Lenin en 1916 reconoce sus equivocaciones y plantea que Rosa siempre había tenido razón en torno al carácter del kautskismo y la socialdemocracia alemana. Pero por el contrario la crítica de Rosa Luxemburgo a la burocracia de PSD se transformó en un pensamiento con fuertes rasgos espontaneistas dentro de lo cual tenía una concepción en torno al partido revolucionario completamente divergente con Lenin. En ningún texto elaboró una serie de concepciones en torno a los problemas organizativos, pero la mayoría de sus concepciones están condensadas en Problemas organizativos de la socialdemocracia publicado en 1904. En este texto Rosa cuestiona la mayoría de las concepciones de Lenin esbozadas en QH y Un paso adelante, dos pasos atrás. Su crítica adjudica a Lenin la concepción “burocrática” y “blanquista” al intentar imponer el centralismo al POSDR. Según ella el centralismo sólo puede ser utilizado bajo dos factores: 1-la existencia de una vanguardia socialista del proletariado 2-la existencia de condiciones democrático burguesas en la sociedad, donde el partido pueda tener congresos periódicos, reuniones, etc. para garantizar el debate dentro de la organización. A su vez ella cuestionó la voluntad de Lenin de erigir al partido en la dirección en todo sentido del movimiento de masas, mientras que para Rosa la dirección de los revolucionarios debería ser ideológica y no práctica, lo cual derivaba en su definición de la socialdemocracia como el proletariado mismo y su visión de que el partido emergería del proceso de lucha en forma espontánea en vías hacia la toma del poder. En la política práctica mantuvo grandes diferencias con el bolchevismo, por ejemplo en torno al problema de la autodeterminación nacional -que según Luxemburgo era fomentar el nacionalismo- asunto por el cual el PSDPyL no conformó el POSDR. Pero sin embargo muchas veces fue aliada política del bolchevismo en sus diferencias con los mencheviques y en la primera guerra mundial en contra del ala Berstein-Kautsky en la II Internacional. Estas diferencias de Luxemburgo con el bolchevismo, su sobrevaloración del papel de las masas y su infravaloración del papel del partido tuvieron su prueba en dos grandes acontecimientos de la lucha de clases, por un lado la Revolución Rusa en la cual la toma del poder surgió de la dirección del partido y fue la misma la que puso fecha y hora para emprenderla y por otra parte la revolución alemana de 1918 donde los pronósticos de Luxemburgo en torno a que serían las propias masas revolucionarias las que barrerían con la burocracia socialdemócrata se demostró completamente equivocado y la ausencia de un partido revolucionario fue el elemento central de la derrota del proceso. A lo largo de todo el período previo a 1917 León Trotsky tubo posiciones similares a las de Rosa, sin embargo la Revolución de Febrero de 1917 le demostró sus errores y Trotsky adoptó la estrategia bolchevique hasta su asesinato en 1940. Rosa Luxemburgo fue asesinada posteriormente por la Socialdemocracia junto con Liebknecht, sin haber dicho su última palabra. “Hay que reconocer que el problema de elegir el momento de la insurrección actúa en muchos casos como un papel de tornasol para probar la conciencia revolucionaria de muchos camaradas occidentales que no han perdido el método fatalista y pasivo de tratar los problemas de la revolución. Rosa Luxemburgo constituye el ejemplo más elocuente y talentoso. Sicológicamente, es fácil de entender. Ella se formó, digamos, en la lucha contra el aparato burocrático de la socialdemocracia y los sindicatos alemanes. No se cansó de demostrar que este aparato ahogaba la iniciativa de las masas y no vio otra alternativa que el alza irresistible de éstas, que barrería con todas las barreras y defensas construidas por la burocracia socialdemócrata. Para Rosa Luxemburgo la huelga general revolucionaria, que desborda todos los diques de la sociedad burguesa era sinónimo de revolución proletaria. Sin embargo, cualquiera sea su poder y masividad, la huelga general no soluciona el problema del poder; solamente lo plantea. Para tomar el poder es necesario, a la vez que se confía en la huelga general, organizar la insurrección. Toda la evolución de Rosa Luxemburgo tendía en esa dirección. Pero cuando fue arrancada de la lucha no había dicho su última palabra, ni siquiera la penúltima.”
PARTE III - Más allá del poder
¡Combatir al Poder!
Quizás Holloway haya sido uno de los líderes de ésta red de redes que más ha enfatizado acerca de la necesidad de combatir “al poder”. Según este autor todos quienes hayan peleado por la conquista del poder del Estado han fracasado en su intento y sería un error descabellado volver a intentar llevar adelante lo mismo: “si intentamos volvernos poderosos fundando un partido, levantándonos en armas o ganando una elección, no seremos diferentes de todos los otros poderosos de la historia. Entonces, no hay salida, no hay rupturas en la circularidad del poder” Esto implica la idea de “autonomía” como una concepción en torno al hacer-libre. La alienación a la que son sometidos los explotados implica un control del mismo. Como así también del tiempo y el movimiento de millones de individuos que se les enajena su autodeterminación. Esa es la base marxista de la crítica anticapitalista: la alienación. Una lucha anticapitalista implicaría así la formación de un hacer libre, de la soberanía del individuo sobre su práctica. Entonces el partido político leninista -al igual que cualquier otro partido- reproduciría la esencia del capitalismo convirtiendo a la militancia en individuos alienados que en vez de responder a las órdenes del jefe en su empresa responderían a las órdenes del comité central y a las masas en soldados que responderían a las órdenes del partido político. Holloway ha señalado que el nombre mismo del ¿Qué hacer? implicaría una concepción instrumentalista de Lenin, que no se pregunta ¿Qué hacemos? lo cual implicaría algo colectivo y democrático. En el pensamiento del QH para alcanzar el comunismo como fin no importan los medios, sino que se elabora una estrategia donde “vale todo” -la dictadura del partido sobre las masas- para alcanzar el comunismo . La lucha anticapitalista por terminar con la alienación implicaría así una lucha contra todo tipo de poder y autoritarismo, tanto del Estado, del capital y del partido revolucionario. Buscando la autonomía de los movimientos sociales y la construcción de un hacer libre, horizontal. Que no reproduzca las formas del poder capitalista. Para ello es necesario “huir” del sistema capitalista y del capital mismo: “Los trabajadores tienen la libertad de huir, trabajando lentamente, no yendo al trabajo, anteponiendo el deseo de hacer las cosas bien antes que los intereses de la empresa, escapándose. La huida respecto al capital es un aspecto central de nuestras vidas. Éste es el punto de partida para cualquier reflexión sobre el cambio revolucionario” . En esta “huida” se estaría manifestando la voluntad del hacer libre, impidiéndole al capital recapturar el flujo de “nuestro hacer” al construir el tejido de nuevas relaciones sociales constituyendo un contrapoder de los sujetos que rechazan el capitalismo.
Toni Negri, sin embargo, superaría esta ambivalencia entre la opción “No toma del Poder” y “Toma del Poder”. En un léxico filosófico, que recorre desde Maquiavelo y Spinoza hasta Marx -a quién intenta rescatar en el presente-, une su vieja concepción marxista obrerista, de su militancia en el operaísmo italiano con la teoría pos estructuralista francesa, uniendo a Foucault con Marx, pero también a Guattari, Deleuze y Derrida. En su libro Imperio, escrito en 1997, Toni Negri describe un proceso actual de desarrollo hacia una nueva forma de organización social: precisamente el Imperio, que habría comenzado a constituirse con la globalización. Dando muerte al sistema moderno de Estado-Nación, superado por esta estructura universal jurídica y económica que rige el nuevo “orden global”. Su característica es la descentralización y desterritorialización. Por lo cual sería imposible pensar la existencia de un imperialismo que se imponga sobre el resto de las naciones, ni norteamericano, ni europeo, como tampoco de un centro de poder. Así el Imperio estaría en todas partes y en ningún lado, surgiendo tensiones entre un no-lugar institucional y un proceso de concentración imperial (o monárquico) de toma de decisiones: el Poder Ejecutivo norteamericano, el G-8, etc. Debido a esto el surgimiento de la “multitud” que data de los acontecimientos de Seattle tubo el problema de no poder identificar el origen de la pobreza o el hambre. La conflagración del Imperio se complementa con la constitución de la “Multitud”. Siendo que esta estructura imperial se constituye en base a las respuestas que brinda a la misma. Con la deslocalización de la producción desde la fábrica a la sociedad como un todo interconectado, la extracción de valor descansaría en la producción intelectual inmaterial: cultural, comunicacional, lingüística, etc. y ya no más en la fábrica. Esto reconfigura la sociedad toda, y se realiza en el surgimiento del General Intellect como cuerpo, o esqueleto social, que reorganiza la producción y reproducción de valor basada en el conocimiento. De esta manera el tejido lingüístico y comunicacional de la bio (inter)producción colectiva inmaterial crea las condiciones para impedir la reproducción compulsiva del patrón de acumulación capitalista al impedir que este mismo se condense en la compulsión económica y material de la “venta de fuerza de trabajo” -en tanto que valor de uso y valor de cambio- sino que el Imperio responde a la libertad de comunicación del General Intellect con la única posibilidad que tiene de mantener la reproducción capitalista de valor, que es la utilización máxima de la coerción y la violencia: la Guerra. Esto conduce a un “estado de guerra permanente”, donde a diferencia de la concepción moderna de Clausewitz acerca de la guerra en tanto que “continuación de la política por otros medios”, donde lo “primero” era lo “político”, ahora lo primero sería la “guerra” en tanto que permanente, constitutiva, intrínseca e inherente al orden global. La multitud se opondría a esta situación imperial diciendo “otro mundo es posible”, lema del Foro Social Mundial, luchando por la libertad y la democracia, elementos de la modernidad que son negados por el orden global imperial. Frente a esto, remarca Negri, existiría una atemporalidad de la idea leninista de partido. El método marxiano mismo, basado en el concepto de valor sería superado por el General Intellect, dando lugar a un nuevo corpus teórico cuyo lenguaje estaría configurado en Imperio. Esta postura de Negri disuelve el concepto de poder centralizado para inmiscuirse en una visión Foucaultiana del bios político, donde el Imperio estaría en todas partes y en ningún lado y no existirían más los estados nacionales ni ningún instrumento jurídico-político que pueda aspirarse a “tomar”. Mientras la clase trabajadora se liquida como sujeto hegemónico en el mundo de la producción, el partido leninista se transforma en ilusorio en tanto que instrumento político de dicha clase. En tanto que los Estados Nación se disuelven para dar lugar al Imperio, se liquida cualquier tipo de estrategia política (reformista, guerrillera, leninista) cuyo objetivo sea la toma del “poder” -que como núcleo geopolítico ya no existe-.
Poder y Marxismo
Una concepción marxista del poder, no puede enmarcarse en el terreno de la abstracción, ética por un lado (Holloway) e idealista por otro (Negri). Quien funda la concepción moderna-materialista de la política y del poder es Maquiavelo, en su pensamiento política y poder son un todo indivisible. Según él “la política es la lucha por el poder”, pero el poder mismo es la acción política. El Príncipe, su obra primordial atraviesa todo el pensamiento político desde Hobbes y Locke, Rousseau y Marx. Sin embargo, una concepción abstracta de lo político y del poder seguía vigente, incluso en la teoría social moderna que sustenta la democracia republicana. Marx atacó esta concepción por abstraer las formas de poder de su contenido clasista. El marxismo interpretó al aparato del Estado como el órgano de dominación de una clase sobre otra, realizando una interpretación materialista y concreta del poder, siendo lo concreto lo determinado por una multiplicidad de factores reales. Así el marxismo se opuso desde el siglo XIX al poder del capital y al poder de la clase propietaria sobre la clase explotada. Pero el marxismo revolucionario interpreta al poder (tanto económico como político) como un elemento intrínseco a la sociedad de clases. Sin que una clase domine a la otra mediante la constitución de su hegemonía en todos los planos y ámbitos de la vida social, tanto en base a la coerción material como al consenso ideológico, la sociedad viviría en un permanente estado de guerra civil. Hasta que una clase se imponga sobre la otra. Hasta que un “poder” sea superior a otro “poder”. Sin embargo en Holloway como en tantos otros militantes anticapitalistas, vemos una concepción abstracta del poder. Al señalar que “Lo que está en discusión en la transformación revolucionaria del mundo no es de quién es el poder sino la existencia misma del poder” se abstrae al poder del contenido de clase que tiene cada poder en particular y sus diferentes manifestaciones en circunstancias históricas concretas. Los militantes socialistas y comunistas peleamos por la abolición del poder en tanto que definimos al Estado como un órgano de opresión. Pelear por una sociedad comunista, por el fin de la enajenación, del fetichismo, de la opresión, la violencia y la explotación implica una pelea por la desaparición de Estado. Pero esto no significa no comprender los procesos mismos de la lucha de clases y basarnos en una concepción utópica del socialismo y de una nueva sociedad. El socialismo revolucionario de Marx y Engels fue fundado como una superación de las corrientes denominadas “socialistas-utópicas”, que -en términos generales- defendieron la libertad, la igualdad y la democracia, pero no lograron estructurar un pensamiento teórico-político que permita que la humanidad en su conjunto pueda tender hacia el socialismo. De esta manera se extrapola una conclusión sumamente reaccionaria para las luchas obreras y populares contemporáneas que es la idea de no constituirse como dirigentes de la sociedad toda. El pensamiento de Holloway es sumamente difuso, al finalizar su libro señala que “El cambio revolucionario es más desesperadamente urgente que nunca, pero ya no sabemos qué significa “revolución”. Cuando nos preguntan tendemos a toser y a farfullar y tratamos de cambiar de tema... Hemos perdido toda certeza, pero la pregunta de la incertidumbre es central para la revolución ” Y aquí no sólo hay presente un escepticismo gnoseológico posmoderno. Sino que por sobre todo no existe la estrategia política, no existen medios claros para llegar al comunismo. De lo único que estamos seguros es que no queremos el poder. Luego, “preguntando caminamos”. Es preciso rescatar el análisis marxista particular y concreto, y analizar las formaciones e instituciones sociales en forma histórica. En ese sentido el poder burgués fue señalado por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista como progresivo en la medida en que permitió el desarrollo de los medios de producción y de las fuerzas productivas, de nuevas ideas, una nueva cultura, etc, todo lo cual permitió que hoy sea posible pensar en la posibilidad real de una organización socialista, y se convirtió en sumamente reaccionario en la medida en que las tendencias bárbaras inherentes a su esencia se desarrollaron por completo en la cual las relaciones sociales impiden el desarrollo y el aprovechamiento social de las fuerzas productivas. En ese sentido el poder del proletariado es progresivo porque permite la socialización de los medios de producción y la eliminación de la propiedad privada con lo cual es imposible el surgimiento del comunismo. Desde este ángulo estratégico socialista comprendieron Marx y Engels en toda su significación histórica la Comuna de París de 1871, que desde un punto de vista objetivo estaba imposibilitada de extenderse y desarrollarse. Pero que sin embargo demostró hacia donde gravitaba el “gobierno del pueblo por el pueblo”: hacia la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y hacia la liquidación de la separación entre representantes y representados, dirigentes y dirigidos propias de la sociedad burguesa, es decir la superación de la dicotomía Estado-Sociedad Civil y a la fusión de ambos en una forma de organización social democrática. La Comuna de París es una lección fundamental para el pensamiento político bolchevique y Lenin se basa en esta experiencia de la clase obrera para elaborar su teoría del nuevo Estado, siendo desde un principio reivindicado por él el hecho de que el control de las masas sobre los diputados (cuyo sueldo era el mismo que el de un asalariado y que eran revocables) conducía a “una mayor democracia”. Si la clase trabajadora no logra constituirse como alternativa al poder del capital es imposible la transformación revolucionaria de la sociedad. La clase obrera y el conjunto de la sociedad explotada, no podrá transformar las condiciones estructurales de vida sino es enfrentando la propiedad privada en su conjunto “los comunistas pueden resumir su teoría en esta fórmula única: abolición de la propiedad privada” El poder de clase de la burguesía no está asentado sólo en las unidades productivas sino también que se conforma como poder público, es decir estatal. La lucha por la desalienación del ser humano, por la libertad individual, por la constitución de una nueva sociedad basada en nuevas relaciones sociales, el surgimiento de una nueva estética, un nuevo arte, una nueva moral humana tiene como base material la lucha contra la propiedad privada y la socialización de los medios de producción. Tanto en los escritos del “joven” Marx, como en El Capital o los Grundrisse podemos descubrir su concepción del comunismo como una nueva organización social en la cual el Estado como institución sea sustituido por la organización y administración del conjunto de los individuos en tanto que productores libres asociados y el trabajo deje de ser trabajo alienado para constituirse como trabajo libre, siendo los medios de producción un bien social y no privado. Sin la lucha por la socialización de los medios de producción es utópico pensar en la desalienación del ser humano. Ya que la base material de la alineación. La separación entre el “hacer” (el trabajar) y lo “hecho” (el producto del trabajo humano) se irresoluble. La huida del capital, el “no ir a trabajar”, la constitución de relaciones sociales y formas de producción de subjetividad externas al circuito del mercado se diluyen en la represión estatal, la cooptación o se recrean en formas de producción precapitalistas sin poder acceder al desarrollo científico, intelectual y tecnológico que quedaría en manos de los grandes capitalistas. Esta “huida” entonces permanecería inofensiva o sería fácilmente destruible-absorbible por el capital. Este aspecto está sumamente ligado al concepto de democracia. Según los diversos autonomistas la democracia es concebida como el “auto” gobierno de las masas o la multitud. Este auto gobierno sería la base de la autonomía, como también del Contrapoder. Que no aspira a constituirse como poder derrocando al poder burgués. Esta postura tiene una fuerte dosis de concepción “democrático-liberal” acerca de la democracia y del Estado. Marx y Lenin interpretaron al Estado como el órgano de dominación de una clase sobre otra. Por tanto la democracia “sin limites” no podría existir jamás. La democracia liberal (burguesa) contiene la falsa idea del autogobierno del pueblo. Pero la democracia proletaria (dictadura sobre el capital) no está basada en la concepción de un orden político que se libere de la dictadura del capital sobre las masas, conquistando la propia democracia de las masas sobre ellas mismas “evadiendo” el poder del capital. Ello resulta ilusorio desde el punto de vista de que no puede existir nunca en una sociedad dividida en clases una democracia o forma de organización política que no signifique la dominación de una clase sobre otra. Para comenzar su proceso de liberación, la clase trabajadora no sólo debe ejercer su democracia interna sino que debe ejercer una dictadura sobre la clase explotada. Este poder constituyente de la clase explotada se constituye como poder sobre la clase explotadora. Sólo por medio de la lucha por dominar y controlar a la clase explotadora, los explotados pueden conquistar su democracia: la libertad de prensa se conquista expropiando las grandes imprentas y empresas mediáticas, el derecho a la vida se conquista expropiando las grandes concentraciones de alimentos, reorganizando la producción de medicamentos, reorganizando el sistema de salud, etc. Este fenómeno es la lucha de las masas contra los grandes monopolios imperialistas en Bolivia por el control del Gas. De desarrollarse este proceso podríamos ver cómo los trabajadores y campesinos bolivianos pueden reorganizar la producción social en Bolivia, el país más rico en recursos naturales de América Latina, pero cuya población es la más pobre del continente. De desarrollarse un proceso revolucionario las masas lucharían por controlar los asuntos económicos y políticos de toda la Nación, en vísperas de derrocar el poder de la burguesía paceña y santacruceña local que asociada al imperialismo realiza un saqueo de la nación. Esto sólo puede llevarse a cabo con la lucha por el derrocamiento del Estado y por la conquista del poder público (estatal) para lograr una verdadera reorganización nacional sobre bases socialistas. Es por ello que esto contiene fuertes implicancias prácticas para las luchas populares de la actualidad. En América Latina estamos viviendo procesos políticos sumamente novedosos e importantes en el sentido de que de la resolución del conflicto en Venezuela o Bolivia, de las conclusiones que extraiga la vanguardia y las masas brasileras, de los caminos que adopte el movimiento piquetero y la vanguardia argentina, dependerá la relación de fuerzas establecida entre las masas, las burguesías locales y el imperialismo. Desde este punto de vista en comparación con los procesos que se han gestado “por abajo”, o en forma espontánea, que han sido sumamente elevados e intempestivos, ello no ha decantado en formas y niveles de organización popular o conciencia política poderosos, esto quizás se vea más expresado que en ningún otro país en Argentina. Desde esta situación precisa, si la militancia obrera, campesina, popular no logra perfilarse como “nuevo Estado”, es decir como un nuevo proyecto y forma de organización social frente a la barbarie capitalista. Las luchas sectoriales, locales y fragmentadas que estamos presenciando serán reintroducidas dentro de la “circularidad del poder” burgués.
Negri y la bio-política
En el otro campo la teoría del biopoder de Negri no se amolda a los parámetros de la realidad contemporánea. Es cierto que “cada vez que cambia el contexto histórico, cambia asimismo el método” , pero será necesario previo a la modificación del método, la constatación del cambio del contexto. El libro Imperio fue escrito y publicado previamente a la guerra de los Balcanes, la ocupación en Irak y Afganistán y la administración Bush. Era plena época de consensos y de rostro humanitario norteamericano con la democracia estilo Clinton. La superación de los Estados Nacionales habría estado dada por la armonía del capital global. Pero la guerra de los Balcanes, la competencia interimperialista Europa-Norteamerica con la conformación de la Unión Europea y las disputas entre el Euro y el Dólar, la sangrienta ocupación militar en Irak y Afganistán. La crisis económica en el sudeste asiático. La política creciente de militarización de Bush y compañía, etc. Vinieron a dar un fuerte golpe a quienes consideraban una armoniosa transición a una sociedad postimperialista. Lo que estamos atestiguando es la violencia militar imperialista en vísperas del control geopolítico de una zona extremadamente rica en recursos naturales cuyas burguesías pueden considerarse un potencial enemigo de la política norteamericana como Medio Oriente. Toni Negri ha respondido que este proceso eran los “dolores de parto” del Imperio, donde aún convivirían formas imperiales con manifestaciones imperialistas. En su último libro: Multitud ha remarcado el carácter permanente de la guerra global y su centralidad en la organización de la vida social. Estados Unidos, en tanto que cuyo ejército tiene como objetivo el mantenimiento del orden global imperial en base a la guerra -que desafía a la multitud, pero mantiene el dominio de las elites globales supranacionales- debe enfrentarse a una “red” que estaría constituida por múltiples actores: desde los “hombres-bomba”, Al-Qaeda, hasta los movimientos antinorteaméricanos y en contra de la guerra, tanto violentos como pacifistas que se movilizan en los países centrales. A su vez, “se necesita una red para combatir a una red. Pero convertirse en una red implicaría una reestructuración radical de los aparatos militares tradicionales y de las formas de poder soberano que representan” Así, en realidad, convivirían dos lógicas, una imperialista y otra imperial en la política norteamericana durante la década precedente. Es decir, en los asuntos militares conviviría la centralización y disciplina propia del imperialismo, con proyectos tendientes a la descentralización propios del Imperio. Señala Negri “para crear y mantener el orden, el poder no tiene otra opción que adoptar la forma de red” . Así por un lado ha relativizado bastante su postura en torno a la constitución de un Imperio, no es lo mismo señalar que ya no existiría más el imperialismo con afirmar que en la política norteamericana conviven dos lógicas “una imperialista y otra imperial”. Pero por otro lado existirían tendencias inherentes a la realidad contemporánea que hacen inevitable la constitución definitiva del Imperio. Esta postura teórica llevó a Toni Negri a apoyar el voto por el SI a la constitución liberal europea. Las posiciones políticas generalmente se desprenden de las posiciones teóricas. Y fue la “inevitabilidad” del pasaje liberal de Europa para unificarse lo que llevó a Negri a apoyar el SI a la Constitución. Mientras la vanguardia militante anticapitalista realizaba la campaña por el NO. A su vez su postura que defiende la desaparición de los Estados Nacionales y de la lucha de la multitud contra el Imperio ha llevado a Negri a señalar que Kirchner y Lula eran los representantes de la multitud en América Latina. Esto da luz a un nuevo concepto y a un nuevo sujeto: la multitud, que es la que en su movimiento y en su producción de la vida social, cultural, intelectual y económica puede realizar el Exodo que Kant en forma utópica otorgaba al Iluminismo y que en forma concreta lo puede encarnar esta multitud de sujetos particulares y generales, iguales y distintos, cuestionando objetivamente al Imperio en una lucha anticapitalista. La multitud lucharía por la democracia, la libertad y la igualdad en contra de la guerra imperial. La multitud así superaría las fronteras entre “sindicalismo” o “espontaneísmo” y “política”. La multitud anularía la posibilidad de que la clase trabajadora se constituya como hegemónica en una alianza político-social de los explotados contra el capital. La multitud puede destruir para siempre la soberanía y la autoridad, por medio de un proyecto que una el pensamiento liberal de Madison con Lenin. Uniendo “El Estado y La Revolución” con “El Federalista” en un proyecto institucional que impugne cualquier tipo de soberanía. Así la estrategia política se disuelve en la bío política. Y el poder se disuelve en el Éxodo.
PARTE IV - En búsqueda de la autonomía
Volvemos al comienzo, cuando señalamos en la introducción a este artículo que uno de los dos aspectos a la crítica de Lenin es que está acusado de haber cometido las atrocidades perpetuadas en la URSS. Como una paradoja de la historia, la URSS erigió como héroes incuestionables las figuras de Lenin, Engels y Marx. La caída del Muro de Berlín implicó que en la actualidad ellos se hayan convertido en los culpables del totalitarismo soviético. Quizás Marx y Engels hayan sido absueltos, pero sin dudas el pensamiento de Lenin está asociado al totalitarismo y así lo creen todos los intelectuales y políticos neoliberales como la mayoría de las organizaciones del movimiento anticapitalista -con excepción de los propios leninistas-. Obviamente el QH se convirtió en el texto que comprobaría todo el burocratismo de Lenin a la hora de pensar la revolución. En un futuro próximo será necesario desarrollar una teoría acabada en torno a la burocratización de la Unión Sovietica ¿Estado Obrero? ¿Capitalismo de Estado? ¿Estado Burocrático?. Lo cierto es que Lenin no fue el culpable. No pretendemos “absolver” a Lenin por ortodoxia, porque queramos erigirlo como héroe incuestionable independientemente de la realidad histórica, sino que queremos rescatar su pensamiento porque de aquello depende una estrategia, una praxis, una organización por la cuál luchar y una teoría que elaborar para cuestionar al capitalismo actualmente. Más allá de las posiciones particulares y coyunturales que haya adoptado Lenin (La prohibición de las fracciones, Kronstadt) que será preciso discutirlas a fondo y evaluar lo incorrectas o correctas que hayan sido y que tienen relación con el intento de defender una revolución en un país que fue invadido por 14 ejercitos imperialistas, un país que estaba inmerso en el atraso cultural y la miseria material. Es preciso comprender el pensamiento, la estrategia, el objetivo, el espíritu del leninismo. Desde la formación de Praxis sostuvimos que el obrerismo y el vanguardismo, la concepción de que la clase trabajadora ejerce un contrapeso a la democracia burguesa por estar sometido a la “dictadura del capital”, que es la única que puede tirar abajo un gobierno, en fin en transformar la conciencia espontánea y sindicalista de los trabajadores como inspiración última de la política revolucionaria, era una visión alejada del leninismo. Siempre reivindicamos una estrategia de desarrollo de consejos de trabajadores y de desarrollo de cualquier movimiento autoorganizado de las masas. En ese sentido recuperamos la dialéctica entre espontaneidad y conciencia que estaba inclinada en el QH debido a lo que ocurre muchas veces con las polémicas: obligan a inclinar hacia un lado la varilla. El impresionante desarrollo de los soviets en la revolución del 1905 significó un definitivo cierre de la controversia en torno a los alcances de la conciencia y la capacidad de las masas: la evidencia de los soviets y de toda la experiencia de organización y lucha revolucionaria de la clase trabajadora a lo largo del siglo XX testimonian que éstas pueden ir mucho más allá de la simple conciencia “tradeunionista”. Pero no se trata sólo de una efectividad conducente como instrumento político sino sobre todo del contenido profundo del socialismo, aquel que se construye con la participación activa de toda la clase trabajadora y las masas populares, que son capaces de autodeterminarse y de autogobernarse y fundar una sociedad sin explotadores ni explotados a cuenta de ellos mismos. En esta tarea no hay ninguna posibilidad de que sean sustituidas en la administración de las cosas por ninguna capa de políticos profesionales separada de ellas. Las experiencias fallidas de las burocracias del este, que en nombre del socialismo ejercieron una dictadura feroz sobre las masas, han sido lo suficientemente amargas y han dejado huellas tan profundas en el imaginario popular que ningún socialista debería olvidar la lección: la verdadera dictadura del proletariado es aquella que ejerce la masa autogobernada. Es natural, entonces, el rechazo a las estrategias reformistas y estalinistas y también de gran parte de la izquierda que se reclama revolucionaria por sustituir a las masas y otorgarle un papel auxiliar en la lucha de clases. Es mediante esta crítica que el autonomismo alcanza a seducir a una parte importante de los luchadores populares y extrae la conclusión que el QH, al proponerse reunir a una capa de profesionales revolucionarios y darle independencia a la acción partidaria por sobre la tendencia espontánea de las masas creó el germen del autoritarismo. Pero sería difícil comprender como una contradicción lógica el “semianarquismo” libertario de El Estado y la Revolución cuando define al estado obrero como un “no estado” y llama a la participación multitudinaria en la administración del aparato del estado, con el “autoritarismo” del QH, que es el nuevo Leviatán de todas las corrientes autonomistas. En realidad entre uno y otro existe una conexión orgánica (no siempre libre de defectos y problemas), si se comprende que entre la emancipación social y la extinción del estado de un lado, y la lucha por alcanzar las condiciones de su realización del otro, entra como mediación dialéctica la acción política revolucionaria, el campo de la estrategia. Si se entiende el QH como una adaptación a las condiciones políticas concretas para acometer una tarea histórica y al mismo tiempo se capta la esencia de su contenido, que no se propone sustituir a las masas, sino sólo agrupar a su vanguardia y aportarle lo que en ese momento histórico concreto esa misma clase trabajadora no podía alcanzar por sus propios medios de lucha económica, se puede establecer la conexión interna que tienen ambos textos. Esa conexión es establecida por el mismo contenido de los espontáneo, en cuanto se lo puede definir como “lo embrionario de lo conciente”. Y justamente la especificidad del campo político e ideológico que se mantiene a cierta distancia de la lucha social (economicismo, tradeunionismo) y se niega a confundirse con ella, es la que plantea un terreno democrático de intervención y debate. Porque por primera vez Lenin separa al partido de la clase, con lo cual ningún partido es la expresión trascendental de ella ni está llamado a ser su dirección. El partido no es la esencia de la clase. A lo sumo debe demostrar con su actuación que puede representarla. Con Lenin se acabó el partido único de la clase trabajadora que fue retomado por el estalinismo y el maoísmo. El pluralismo soviético nace sorprendentemente de esta separación leninista de la política como campo específico de la lucha de clases. Esta concepción de Lenin destruye la visión burocrática de un sector de la izquierda contemporánea que proclama la superioridad del partido sobre las masas y la mayor importancia del aparato, puesto siempre por encima del movimiento social. Así en Argentina se ha llegado a señalar que porque un aparato que tenga en su programa el “gobierno de los trabajadores” los propios desocupados que son parte del movimiento pelean por dicho gobierno y adquieren una conciencia de clase. Sin embargo la dialéctica entre espontaneidad y conciencia lo que le permitió a Lenin comprender fácilmente el carácter revolucionario del Soviet, no sólo como instrumento de lucha, sino como embrión de un poder político por primera vez democrático bajo el signo del autogobierno de las masas y superar las fallas de su viejo texto. El núcleo de la dialéctica como mediación entre la emancipación social y la lucha política es la que le permite a Lenin tener como objetivo la emancipación social y la disolución del estado y al mismo tiempo no caer en la trampa de transformar al esponteneísmo en condición suficiente de esa emancipación. En definitiva la actualidad del QH reside en que nunca como hoy está vigente la idea según la cual lo que es “espontáneo” en el movimiento obrero no constituye una conciencia de clase “adecuada”, es decir, socialista. Para alcanzar dicha conciencia se requiere de ese trabajo dialéctico de la mediación política, ideológica y partidaria, estrechamente unida al desarrollo de la lucha de clases. Lo cual no disminuye ni subestima la espontaneidad de masas cuando ésta aparece, como lo hizo en las jornadas de diciembre del 2001, sino que, al revés, la eleva a la comprensión de su carácter histórico. Y en la medida en que acciones espontáneas de masas están ausentes, impide caer en la pasividad paralizante o el simple sindicalismo. La apuesta a una renovación de los métodos y el programa de lucha, en la medida que la clase trabajadora ha sufrido grandes retrocesos es hoy indiscutible. Cada conflicto en el que los revolucionarios logremos que los trabajadores den pasos hacia delante y sean ejemplo para otros sectores más atrasados, permite a la clase de conjunto adquirir mayor confianza en sí misma y en consecuencia es un aporte real que un partido hace a las masas. La experiencia de un siglo, con sus triunfos y amargos fracasos, testifica las incapacidades y límites insalvables del espontaneísmo. Los consejos de fábrica en Italia en 1922, la insurrección de Berlín y los consejos que surgieron a la caída del Káiser en la Alemania de la primera posguerra, la colectivización y gestión obrera en la España revolucionaria, todas estas experiencias que enriquecieron el acervo de la clase obrera y el programa de los socialistas, fueron el producto de un movimiento obrero revolucionario inscripto en un proceso violentamente revolucionario y crítico para el capitalismo en occidente. Otras experiencias en la posguerra y en el ascenso de los años ’68-75, sin alcanzar la cumbre de los años ’20, son parte de ese bagaje. Durante el período cataclísmico posterior a la revolución rusa de 1917 muchos economistas marxistas hablaban de la inminencia del derrumbe capitalista. En filosofía cobraron auge los análisis marxistas más subjetivistas, que hacían hincapié en la capacidad casi ilimitada de los sujetos para transformar las condiciones circundantes. La esperanza de muchos intelectuales en un porvenir distinto estaba anclada en la emergencia de un proletariado más maduro y conciente, despabilado por la revolución rusa en toda Europa. Aún en esas condiciones de una espontaneidad revolucionaria indiscutible, que pobló el movimiento obrero de tendencias espontaneístas y consejistas, la inmadurez en la evolución de un partido y una dirección revolucionaria conciente mostraron los límites infranqueables que hallaron en su desarrollo. La socialdemocracia basada en el control de los sindicatos y en el aparato del estado aisló a la vanguardia, le propinó duras derrotas y canalizó el descontento obrero mediante la gestión sindical y consejista en las empresas, leyes laborales protectoras, y el parlamentarismo. Sea como fuere, el ciclo de las revoluciones abierto con el asalto al palacio de invierno sólo volvió a repetirse en períodos acotados de la lucha de clases, el auge en Francia y España en los años ’30, las revoluciones de posguerra (China) luego del ’45, Cuba en el ’59 el ascenso desde el ’68 al ’75 a nivel mundial. En algunos de esos procesos la clase trabajadora y el semiproletariado volvieron a repetir su ejercicio de poder mediante consejos, coordinadoras y soviets. El QH mantiene toda su vigencia, no por sus rasgos defectuosos o unilaterales que contiene, sino por lo que tiene de vitalidad, por su actualidad a veces irritante, porque las derrotas y fracasos de la clase trabajadora no la colocaron en el trampolín del asalto al poder, ni la dotaron de una conciencia de clase superior, sino por el contrario, la sumergieron en los fondos de la supervivencia cotidiana y la confinaron en los límites estrechos de un corporativismo que hoy es mil veces más difícil de ejercer exitosamente que en el pasado. Cuando las tendencias autonomistas y espontaneístas como un espejo del fracaso del “socialismo real” y su fulminante impresión en el imaginario popular, han logrado desacreditar la idea de partido y de la acción política revolucionaria, tanto más necesario se supone que es restaurar la justeza que se encuentran en el núcleo de sus tesis. La clase trabajadora en la actualidad, a pesar de un proceso de lenta recomposición de luchas y de organizaciones, está lejos de los combates revolucionarios que supo dar. La restructuración del capital y la fragmentación de la clase trabajadora dieron origen a nuevos sectores que ni siquiera aprendieron a ejercer un buen sindicalismo, como creía Lenin que era el umbral al que los trabajadores podían llegar por su propia cuenta. Es una realidad chocante y al mismo tiempo evidente. Siempre se aprende de la experiencia viva de las luchas de los trabajadores. Siempre “el educador necesita ser educado”, entre otras cosas porque las corrientes socialistas no nacen de ideas aisladas de las masas, por sobre ellas (a lo Robert Owen) sino que nacen y forjan su destino de acuerdo y en contacto e influencia constante con ellas. Pero esto no cambia ni la actualidad del planteo leninista, ni la tarea ideológica, teórica, política y programática que se debe realizar en los medios obreros. El planteo de Lenin no es un pedagogismo pedante que pretende “enseñar” sin “aprender”, o que considere que los revolucionarios no tengamos nada que aprender de las masas. El mismo Lenin sostuvo al revés, que se trataba de entender que los socialistas no estaban para enseñar lo que los trabajadores ya sabían o podían acceder mediante su propia experiencia, sino de enseñar aquello a lo cual no podía accederse mediante la lucha económica inmediata. Los socialistas no aportan sólo la experiencia pasada condensada en programa, como se suele decir, sino también la “ciencia”. Si pretendemos huir del empirismo en el campo del socialismo, tenemos que aceptar que existe un campo específico de una práctica teórica y de una lucha ideológica relativamente independiente de la experiencia de la lucha inmediata. El Capital de Marx no es el producto “reflejo” de ninguna lucha concreta, sino un hallazgo científico de primer orden que le dio superioridad al proletariado por sobre los teóricos de la clase dominante. Por supuesto no se trata de una neutralidad científica sustraída e independiente de las influencias de clase y de la historia como finalmente creía Althusser, y tampoco respondía a las coordenadas teóricas del materialismo vulgar que entiende el conocimiento sólo como reflejo pasivo de la realidad externa al pensamiento. Lenin lo comprendió en el campo filosófico recién con el estudio de la Lógica de Hegel y la superación de Materialismo y Empirocriticismo. Pero en el terreno de la acción política e ideológica esta idea ya estaba inscrita en su obra de 1902, sólo que la capacidad de los sujetos sociales de actuar y modificar la realidad y no sólo de contemplarla o ser soportes involuntarios de ella, se expresaba como supremacía del rol partidario y no en la dialéctica que debe ser establecida entre el partido, las capas avanzadas de la clase trabajadora y la lucha de masas. Es en esa dialéctica que le es específica donde puede reunirse la abstracción científica con la ideología socialista como instrumento de combate y la experiencia condensada en programa junto a la creatividad de las masas irrumpiendo espontáneamente en la lucha de clases.
Notas:
1- Ver Diálogos sobre Imperio, en Guías, Ed. Paidós, 2004
2- Ver al respecto Chris Harman, Espontaneidad, estrategia y políticas, en International Socialism N 104. Allí Chris Harman ha señalado como el autonomismo se opone dentro del movimiento anticapitalista europeo a cualquier tipo de estrategia política y muchos autonomistas repudian la actuación de los partidos de izquierda en los movimientos.
3- Ellen Meiksins Wood, Democracia contra Capitalismo, pp. 54, ed. Siglo XXI, 2000.
4- Exceptuando los numerosos casos en que directamente los capitalistas organizan bandas fascistas paramilitares.
5- “mientras ellos (Lenin y Trotsky) tenían que responder a todos los problemas estratégicos y tácticos, teóricos y prácticos, políticos y organizativos que plantea la perspectiva inmediata de la revolución, Marx y Engels sólo se enfrentaban a sus premisas, jalonadas por la sucesión de ofensivas y derrotas del proletariado europeo. Evolucionaban en un contexto que, tanto desde el punto de vista objetivo (desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de clase) como subjetivo (grado de constitución de la teoría de la revolución y de su implantación en la conciencia de las masas), no permitía, fundamentalmente, una toma duradera del poder por el proletariado en uno o varios países.” (Alain Brossat, En los orígenes de la revolución permanente, pp. 9, Ed Siglo XXI)
6- Werner Bonefeld, Estado, Revolución y Autodeterminación. en A 100 años del ¿Qué Hacer?, ed. Herramienta 2002
7- Marx y Engels, La ideología alemana
8- K, Marx, El capital, vol. 1, trad. española de M. Sacristán, págs 82-83, Barcelona, 1976.
9- El problema de la organización: Lenin y Rosa Luxemburgo. Daniel Bensaid y Alain Nair.
10- Marx y Engels “El Manifiesto Comunista”
11- Lenin, ¿Qué Hacer?, Obras Escogidas, pp. 135. Ed Progreso
12- Lenin, Ibid, pp.149
13- Lenin, Ibid. pp.138
14- A cien años del ¿Qué Hacer? pp 44
15- Partido Socialdemócrata Polaco y Lituano
16- Esto puede verse en su folleto sobre la huelga de masas: “De la tempestad y la tormenta, del fuego y el fluir de la huelga de masas y la lucha callejera, vuelven a surgir, como Venus de las olas, sindicatos nuevos, jóvenes, poderosos, altivos” y si los sindicatos intentan obstaculizar el camino de la lucha “los dirigentes sindicales, al igual que los dirigentes partidarios en un caso análogo serán barridos por los acontecimientos, y las luchas económicas y políticas de las masas se librarán sin ellos.”
17- León Trotsky, “Problemas de la guerra civil”, discurso de julio 1924
18- John Holloway, Cambiar el Mundo sin tomar el poder, ed. Herramienta, pp 26.
19- Ver John Holloway, Revuelta y Revolución o ¡Lárgate, capital!
20- John Holloway, Revuelta y Revolución o ¡Lárgate, capital!
21- John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder, pp 36. Ed Herramienta, 2002
22- John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder, pp 309. Ed Herramienta, 2002
23- Marx y Engels, Manifiesto Comunista
24- Toni Negri, Lección 2, en Guías, Ed. Piados, 2004
25- Toni Negri, Multitud, pp 85, Ed. Sudamericana, 2004
26- Ibid. pp 86